Ir al contenido principal

Entradas

Gotas de tiempo

Definitivamente se había convertido en una obsesión, el incesante goteo del grifo del baño se clavaba en su mente y su cuerpo como pequeñas agujitas, casi hasta el punto de volverla loca. Apenas acababa de caer una, su mente ya esperaba con angustia la siguiente. Esas pequeñas gotitas que se precipitaban al vacío a través de las tuberías hacia un destino incierto, le recordaban como se iba escapando su vida gota a gota, segundo a segundo. Muchas noches, cuando el silencio cubría la ciudad con su espeso manto y no se oía nada más, ese incesante goteo le impedía conciliar el sueño. Con el tiempo, se había acostumbrado a esperar acostada en aquel viejo colchón, a que la ciudad y todos sus ruidos despertaran para lograr adormecerse. Curiosamente, se sentía mucho mejor, acompañada por la ruidosa melodía diurna de la ciudad, que por la lenta y solitaria melodía de ese infinito goteo. Aunque a veces, cuando el sueño era más fuerte que su obsesión, se dejaba llevar por Morfeo como una mar...

El dueño de tu vida

Puso la mano sobre el frío picaporte de la tienda de libros del barrio, su corazón latía con fuerza. Un segundo antes de entrar, observó su reflejo en el oscuro cristal de la puerta, su cabello indomable se arremolinaba de forma desordenada sobre sus hombros, pasó su mano sobre él enérgicamente para intentar poner un poco de orden, pero no sirvió de nada. Empujó con suavidad la puerta y el tintineo de las campanillas que colgaban del techo anunciaron su llegada. Con la mirada baja entró acelerando el paso, mirando de reojo al joven tendero que tras el mostrador leía distraído el diario del día, hizo un pequeño gesto con la cabeza a modo de saludo. Se adentró entre las estanterías con el nerviosismo típico de una primera cita, al pasar junto a ellas observaba a un lado y al otro. Rápidas miradas fugaces, con eso siempre bastaba. Entonces un libro le llamó la atención, era pequeño y parecía bastante viejo, seguramente llevaba muchos años aguardando entre aquellos polvorientos estan...

Empezando con mal pie

El tintineo incesante de mi cuerpo lo indicaba, allí hacía demasiado frío y sin embargo, quise convencerme a mí misma de que en cuanto me acostumbrara a esa temperatura todo iría mejor. Pero no fue así, ese irritante tintineo solo cesó en cuanto abandoné aquel frío lugar. Días después lo percibí, llegó de golpe, sin avisar y como siempre precedido por su peculiar olor, tan característico como indescriptible (que a día de hoy aún no he logrado encontrar a nadie más capaz de percibirlo), sabía que un invierno más EL RESFRIADO, había llegado para quedarse una buena temporada. Con los ojos hinchados y una superpoblación de mocos instalados en mi nariz por tiempo indefinido empecé con el suplicio. Durante los peores días perdí totalmente la noción del tiempo, los pañuelos usados se arremolinaban a mi alrededor y a veces no lograba encontrar ninguno decente para ser usado de nuevo, lo cual conllevaba tener que levantarme a por más provisiones. Cada movimiento de mi cuerpo de camino al b...

Nadando a contracorriente

Llegamos a nuestro destino cuando los rayos del sol ya hacía rato que nos habían abandonado y el cielo empezaba a lucir sus mejores galas. Tiñendo su vestido negro, como cada noche, con miles de puntos brillantes. La vida en Jaraba, aquel pequeño pueblo, apenas compuesto por unas pocas calles desiertas, parecía haberse congelado en el tiempo. No era demasiado tarde, pero los cortos y fríos días de invierno y la fina lluvia que empezaba a caer, de esa que se clava en la piel como si de agujitas se tratara, invitaban a quedarse en casa. Las ventanas iluminadas de las casas y el olor a humo de las chimeneas dejaban claro que ciertamente el tiempo allí no se había detenido, y que las decenas o quizás cientos de vecinos que allí vivían disfrutaban de sus casas y sus familias. Apartado lo justo del pueblo como para no ver ni un signo de civilización desde sus ventanas, se encontraba el hotel, un precioso balneario agarrado a una roca y rodeado totalmente de naturaleza. Un lugar de p...

Carreteras secundarias

Sentada tras el cristal, el eco de una canción que no logro distinguir suena de fondo, y el traqueteo de las ruedas sobre el asfalto balancea mi cuerpo de forma relajante. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventanilla, mi mirada se pierde entre los árboles y montañas que acompañan nuestro viaje por la autopista. La ruta, se convierte en una carrera prudente de unos automóviles que nos adelantan y otros a los que adelantamos. Es curioso el proceso de adelantamiento, pues siempre, siempre, a medida que nos vamos poniendo a la misma altura que el otro coche nos resulta inevitable volver la cabeza hacia ellos, para ver quién es el otro conductor y él, también vuelve la mirada para observarnos a nosotros. Parece entonces que el mundo se detiene, ese intenso intercambio de miradas que transcurre durante los pocos segundos que dura el adelantamiento, se convierte en un escaneo que dice tanto sin decir nada… ¿Dónde van?, ¿De dónde vienen?, ¿Quiénes son?, ¿Serán felices?,... Mirad...

Una maleta en el ascensor (Capítulo 3)

Con los ojos empañados en lágrimas y arrastrando los pies decidió abandonar el cementerio. Al darse la vuelta pudo ver como una silueta que parecía haber estado observando todo su espectáculo se disponía a salir del cementerio, era ese hombre que llevaba días persiguiéndola, estaba segura. Corrió tras él para alcanzarlo, ¡tenía que estar relacionado con toda esta locura! Pero al girar la esquina, aquel hombre había desaparecido, ¿Se lo habría imaginado? Era posible, pues tras los acontecimientos de aquella última semana ya no era capaz de distinguir lo que era real de lo que no. Estaba agotada y necesitaba dormir, el corazón le latía con tanta fuerza que cada latido resonaba en su interior como si dentro de su cuerpo no hubiera absolutamente nada, irónicamente era así como se sentía desde aquel fatídico día, totalmente vacía por dentro. Así que con el corazón a punto de estallar, se dispuso a volver hacia su casa y dar por terminado aquel día tan extraño. Decidió volver andando ...

Una maleta en el ascensor (Capítulo 2)

Sus ojos se deslizaban una y otra vez por las escasas líneas de la carta intentando encontrar inútilmente alguna pista que pudiera acercarle a su autor, siempre le habían gustado los libros de detectives y se consideraba bastante astuta pero no sabía por donde empezar. En la otra mano, sostenía una foto en blanco y negro que acompañaba la carta, las sonrisas congeladas de los rostros allí retratados parecían inquietantes. Era la primera vez que veía esa fotografía, pero reconocía perfectamente a la mujer y a la niña y el lugar de la fotografía, eran su madre y su hermana menor en la cocina de una de las casas en las que vivió de niña. La fotografía, era la primera pista para lograr abrir la maleta, estaba claro. En ese instante se dio cuenta que debía recuperarla. Salió a toda prisa de su despacho sin coger siquiera la chaqueta. Por suerte la becaria aún no se había desecho de la maleta y Alicia se la interceptó, con la primera excusa que le vino a la mente. Salió a toda prisa del...