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Noche

Esa noche, el cielo era una lápida de plomo. Los destellos incesantes de la luz de los relámpagos, se colaban sin permiso en esa estropeada cabaña a través de las rendijas que se abrían entre los viejos tablones, seguidos casi de inmediato por el fuerte estruendo de los truenos. El silbido agudo del viento producía una irritante melodía que lo desesperaba y el sonido de la lluvia arañando la madera hacía que su cuerpo temblara sin cesar. Cuando despertó de nuevo, había dejado de llover y se encontraba agazapado en el bosque, esperaba entre los árboles algún signo de que allí aún había alguien más a parte de él. De vez en cuando, el crujido de las ramas producido por algún animal nocturno le hacía volverse esperanzado, para descubrir, de nuevo, que allí no había nadie más. Desde lo alto un árbol, un pequeño búho observaba con curiosidad al último humano de la tierra.

Con las alas del viento...

Cierra los ojos y escucha atentamente... ¿Puedes oírlo?, el viento del exterior araña los cristales con fuerza, y mece los árboles a su antojo, haciéndolos danzar y entonar agudas melodías. Pero… ¿Es el viento el que realmente mueve a los árboles?, o… ¿Son los árboles los que lo provocan, al moverse en un intento desesperado por escapar de la tierra que los mantiene presos?, ¿Qué es consecuencia de qué? Siempre he desconfiado del viento. Es capaz de elevar casi cualquier objeto a su antojo, a veces, con la suavidad y la elegancia con la que un director de orquesta mece su batuta. Haciéndolo flotar, evadiéndolo de la realidad, y como si de una pluma se tratara, es capaz de elevarlo hasta hacerle casi, tocar el cielo, como si de repente, su peso, no fuera un factor relevante, como si de repente, todos los árboles del mundo danzaran a sus pies. Para luego, sin previo aviso, demostrarle, que ciertamente él es el director de ese espectáculo, dejándolo caer con tanta fuerza...