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Sí, quiero

Sí, quiero, despertarme cada día un poco más cerca de mis sueños. Sí, quiero, levantarme cada vez que caiga y sentir que me he hecho más fuerte. Sí, quiero, mirarme al espejo dentro de 40 años y sentirme orgullosa de lo que he conseguido.

No quedan días de verano

Una vez más agosto se ha marchado casi sin avisar . Con la llegada de septiembre parece que todo va volviendo a su cauce. Los turistas se van marchando a sus casas y las terrazas de los bares están cada vez más vacías. El verano está dando sus últimos coletazos con una energía  impropia de esta época, parece como si septiembre nos quisiera recordar que también él es capaz de ahogarnos de calor, con más fuerza si cabe que el agosto. Septiembre, para algunos el inicio de “un nuevo año”. Mes  de cambios, de nuevos propósitos: apuntarnos al gimnasio, aprender un nuevo idioma, estudiar más, encontrar trabajo… Propósitos que al final en la mayoría de los casos no llegamos a cumplir. Parece incluso, que la naturaleza también quiera empezar de nuevo, los árboles poco a poco se desprenden de sus hojas, los días de sol y calor dejan paso a las nubes y las lluvias, los días se vuelven cada vez más cortos y en las frescas noches lo único que apetece es acurrucarse en el sofá tapados...

El fin de la pesadilla (Capítulo 3)

Escondida en la cocina la madre de Sofía, sostenía con tensión el teléfono. Aprovechó el momento que se había quedado sola para realizar la llamada, así se lo habían indicado: Si Sofía volvía a casa, debía llamar de inmediato para avisar. Buscó el número de teléfono en el cajoncillo de la mesa de la cocina, recordaba perfectamente la noche en que llamaron al timbre y al abrir, un extraño señor con sombrero y gabardina le dio indicaciones concretas de los pasos que debería seguir si Sofía volvía a casa. Dudó unos instantes de si era ético o no traicionar a su hija, pero al final decidió que sería lo mejor para todos. Con los dedos temblorosos marcó el número indicado, posó el teléfono en su oreja y esperó. Una sensación de nervios invadió todo su cuerpo, y su corazón latía con fuerza. Esperó, un tono… dos tonos… y cuando ya estaba a punto de colgar, alguien al otro lado descolgó.

Todo el mundo lo sabe (Capítulo 2)

Parecía que por fin había logrado conciliar el sueño cuando de repente, un zumbido que le recordó al sonido de un avión al despegar acompañado de un fuerte olor a tabaco la despertó. Miró hacia la puerta de su habitación y estaba abierta, extrañada intentó recordar inútilmente, si con los nervios, la había cerrado antes de acostarse como hacía cada noche. Entonces, una fuerte corriente de aire cerró la puerta de golpe y al girar la mirada sobresaltada, lo vio. A los pies de su cama apoyado en la pared estaba el extraño señor con sombrero y gabardina que acudía a su bar todas las tardes, inmóvil y mientras fumaba un cigarrillo la observaba atentamente. Apenas se podía distinguir su viejo rostro escondido bajo el sombrero, pero ella estaba segura que tenía dibujada en él una siniestra sonrisa.

Una vida en la pecera (Capítulo 1)

Tras un “click” todo su sueño se desvaneció. Sofía emitió un leve gemido y sus ojos se entreabrieron poco a poco. Al otro lado de la pared, podía oír los ronquidos y la arrítmica respiración forzada que emitía su nuevo vecino, que ajeno a las noches de insomnio de Sofía, seguía sumido en un profundo sueño. Miró hacia su izquierda con la convicción de que el reloj digital que reposaba sobre la mesilla de noche marcaría la hora maldita, las 5:55 AM y efectivamente, así era. Cada noche, desde hacía casi dos años su sueño se interrumpía a la misma hora, las 5:55 AM. Trató de mantener la calma y no caer de nuevo en la trampa. Respiró profundamente, cambió de posición e intentó dejar la mente en blanco, pero de nuevo, le fue imposible.

Momentos congelados

El cielo gris casi negro anuncia que se avecina tormenta, otra más del frio invierno . Destellos  de  luz que iluminan las solitarias calles acompañados de fuertes truenos, dejan paso a incesantes gotas de lluvia que no parecen quererse marchar. Una familia cualquiera, en el calor de su hogar, ahoga las largas horas de las tardes de invierno de un domingo cualquiera, mirando viejas fotografías guardadas en una caja de zapatos y recordando aquellos felices momentos. Fotos en blanco y negro, con los bordes desgastados de tanto mirarlas, y algunas ya casi sin color. Cada imagen arranca una carcajada general al darnos cuenta de cómo hemos cambiado y que rápido pasan los años. Bodas, bautizos, comidas con amigos, fiestas, navidades… y es que antes, cuando solo disponíamos, con suerte, de un “ carrete de 32 ” había que elegir muy bien el momento que inmortalizar y solían ser precisamente eso, momentos verdaderamente especiales.

El hombre de las sombras

Una taza humeante  de café que descansaba olvidada encima de la pequeña mesa contigua , desprendía un aroma embriagador, su humo danzaba hacia el techo hasta desvanecerse antes de llegar a él como si nunca hubiera existido. Sentado junto a la ventana, observó por un instante el cristal sin poder distinguir apenas las borrosas siluetas de los transeúntes que corrían por el callejón acurrucados,  para protegerse de la lluvia y el frio. La lluvia de aquella tarde, como si de un artista inspirado se tratase, había pintado en el cristal formas abstractas, compuestas por miles de finas líneas y gotas haciendo casi imposible adivinar que había al otro lado. Como cada invierno, los “expertos” del lugar afirmaban rotundamente que ese estaba siendo el invierno más frio de las últimas décadas, pero a él apenas le importaba. La camarera se le acercó tímidamente, casi con miedo. Él savia perfectamente que su aspecto no era lo que se solía esperar de un hombre de su edad, una larga gabardi...