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El fin de la pesadilla (Capítulo 3)

Escondida en la cocina la madre de Sofía, sostenía con tensión el teléfono. Aprovechó el momento que se había quedado sola para realizar la llamada, así se lo habían indicado: Si Sofía volvía a casa, debía llamar de inmediato para avisar. Buscó el número de teléfono en el cajoncillo de la mesa de la cocina, recordaba perfectamente la noche en que llamaron al timbre y al abrir, un extraño señor con sombrero y gabardina le dio indicaciones concretas de los pasos que debería seguir si Sofía volvía a casa. Dudó unos instantes de si era ético o no traicionar a su hija, pero al final decidió que sería lo mejor para todos. Con los dedos temblorosos marcó el número indicado, posó el teléfono en su oreja y esperó. Una sensación de nervios invadió todo su cuerpo, y su corazón latía con fuerza. Esperó, un tono… dos tonos… y cuando ya estaba a punto de colgar, alguien al otro lado descolgó.

Todo el mundo lo sabe (Capítulo 2)

Parecía que por fin había logrado conciliar el sueño cuando de repente, un zumbido que le recordó al sonido de un avión al despegar acompañado de un fuerte olor a tabaco la despertó. Miró hacia la puerta de su habitación y estaba abierta, extrañada intentó recordar inútilmente, si con los nervios, la había cerrado antes de acostarse como hacía cada noche. Entonces, una fuerte corriente de aire cerró la puerta de golpe y al girar la mirada sobresaltada, lo vio. A los pies de su cama apoyado en la pared estaba el extraño señor con sombrero y gabardina que acudía a su bar todas las tardes, inmóvil y mientras fumaba un cigarrillo la observaba atentamente. Apenas se podía distinguir su viejo rostro escondido bajo el sombrero, pero ella estaba segura que tenía dibujada en él una siniestra sonrisa.

Una vida en la pecera (Capítulo 1)

Tras un “click” todo su sueño se desvaneció. Sofía emitió un leve gemido y sus ojos se entreabrieron poco a poco. Al otro lado de la pared, podía oír los ronquidos y la arrítmica respiración forzada que emitía su nuevo vecino, que ajeno a las noches de insomnio de Sofía, seguía sumido en un profundo sueño. Miró hacia su izquierda con la convicción de que el reloj digital que reposaba sobre la mesilla de noche marcaría la hora maldita, las 5:55 AM y efectivamente, así era. Cada noche, desde hacía casi dos años su sueño se interrumpía a la misma hora, las 5:55 AM. Trató de mantener la calma y no caer de nuevo en la trampa. Respiró profundamente, cambió de posición e intentó dejar la mente en blanco, pero de nuevo, le fue imposible.

Momentos congelados

El cielo gris casi negro anuncia que se avecina tormenta, otra más del frio invierno . Destellos  de  luz que iluminan las solitarias calles acompañados de fuertes truenos, dejan paso a incesantes gotas de lluvia que no parecen quererse marchar. Una familia cualquiera, en el calor de su hogar, ahoga las largas horas de las tardes de invierno de un domingo cualquiera, mirando viejas fotografías guardadas en una caja de zapatos y recordando aquellos felices momentos. Fotos en blanco y negro, con los bordes desgastados de tanto mirarlas, y algunas ya casi sin color. Cada imagen arranca una carcajada general al darnos cuenta de cómo hemos cambiado y que rápido pasan los años. Bodas, bautizos, comidas con amigos, fiestas, navidades… y es que antes, cuando solo disponíamos, con suerte, de un “ carrete de 32 ” había que elegir muy bien el momento que inmortalizar y solían ser precisamente eso, momentos verdaderamente especiales.

El hombre de las sombras

Una taza humeante  de café que descansaba olvidada encima de la pequeña mesa contigua , desprendía un aroma embriagador, su humo danzaba hacia el techo hasta desvanecerse antes de llegar a él como si nunca hubiera existido. Sentado junto a la ventana, observó por un instante el cristal sin poder distinguir apenas las borrosas siluetas de los transeúntes que corrían por el callejón acurrucados,  para protegerse de la lluvia y el frio. La lluvia de aquella tarde, como si de un artista inspirado se tratase, había pintado en el cristal formas abstractas, compuestas por miles de finas líneas y gotas haciendo casi imposible adivinar que había al otro lado. Como cada invierno, los “expertos” del lugar afirmaban rotundamente que ese estaba siendo el invierno más frio de las últimas décadas, pero a él apenas le importaba. La camarera se le acercó tímidamente, casi con miedo. Él savia perfectamente que su aspecto no era lo que se solía esperar de un hombre de su edad, una larga gabardi...

El viaje de tu vida

Muchas veces me da la sensación que nadie me entiende, que mi mente y mi cerebro funcionan de un  modo distinto al de los demás. A mí, me gusta pensar que soy un alma soñadora, y que en realidad soy afortunada ya que puedo ver mucho más allá de lo físico, puedo ver la esencia de las cosas. Creo que en el mundo, existen lugares mágicos que evocan en mí sentimientos maravillosos. Lugares que me invitan a pensar, a imaginar, a soñar…, que con el simple hecho de estar allí hacen que en mi mente se despierte la “chispa mágica” de la inspiración y empiece a soñar despierta. En ese momento todo a mí alrededor desaparece y empiezan a formarse en mi mente miles de frases, historias, reflexiones, sentimientos… que resultan verdaderamente maravillosos y casi imposibles de explicar. Uno de esos lugares mágicos son las estaciones de tren, en ellas pasado, presente y futuro, se mezclan con los amargos llantos de despedida y las dulces lágrimas de los reencuentros.   Las estaciones...

La casita del lago

Una pequeña casita en un hermoso valle, era todo lo que Ismael a sus 8 años conocía del mundo. El y  su madre eran los únicos habitantes de aquel bello y maldito lugar. Retenidos a la fuerza por un ser sin nombre, pasaban los largos días allí sin más compañía que el susurro de las hojas de los árboles y el chapoteo de la lluvia en el lago, un lago que a ojos de Ismael era grande y profundo, y con unas aguas tan cristalinas que podían contarse las piedras del fondo sin ninguna dificultad. Cada mañana, al alba, cuando el sol despuntaba, las sombras de los árboles se alargaban de una forma asombrosamente bella, y el cielo se teñía de unos hermosos tonos naranjas, a Ismael le gustaba salir a correr alrededor del lago y sentarse en la orilla con los pies chapoteando en el agua para ver, como el sol lograba saltar el gran muro que marcaba el fin del mundo, de su mundo. Él allí era feliz. No conocía la maldad, ni la tristeza, ni la avaricia, ni guerras, y por supuesto, ni siquiera había ...