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Momentos congelados

El cielo gris casi negro anuncia que se avecina tormenta, otra más del frio invierno . Destellos  de  luz que iluminan las solitarias calles acompañados de fuertes truenos, dejan paso a incesantes gotas de lluvia que no parecen quererse marchar. Una familia cualquiera, en el calor de su hogar, ahoga las largas horas de las tardes de invierno de un domingo cualquiera, mirando viejas fotografías guardadas en una caja de zapatos y recordando aquellos felices momentos. Fotos en blanco y negro, con los bordes desgastados de tanto mirarlas, y algunas ya casi sin color. Cada imagen arranca una carcajada general al darnos cuenta de cómo hemos cambiado y que rápido pasan los años. Bodas, bautizos, comidas con amigos, fiestas, navidades… y es que antes, cuando solo disponíamos, con suerte, de un “ carrete de 32 ” había que elegir muy bien el momento que inmortalizar y solían ser precisamente eso, momentos verdaderamente especiales.

El hombre de las sombras

Una taza humeante  de café que descansaba olvidada encima de la pequeña mesa contigua , desprendía un aroma embriagador, su humo danzaba hacia el techo hasta desvanecerse antes de llegar a él como si nunca hubiera existido. Sentado junto a la ventana, observó por un instante el cristal sin poder distinguir apenas las borrosas siluetas de los transeúntes que corrían por el callejón acurrucados,  para protegerse de la lluvia y el frio. La lluvia de aquella tarde, como si de un artista inspirado se tratase, había pintado en el cristal formas abstractas, compuestas por miles de finas líneas y gotas haciendo casi imposible adivinar que había al otro lado. Como cada invierno, los “expertos” del lugar afirmaban rotundamente que ese estaba siendo el invierno más frio de las últimas décadas, pero a él apenas le importaba. La camarera se le acercó tímidamente, casi con miedo. Él savia perfectamente que su aspecto no era lo que se solía esperar de un hombre de su edad, una larga gabardi...

El viaje de tu vida

Muchas veces me da la sensación que nadie me entiende, que mi mente y mi cerebro funcionan de un  modo distinto al de los demás. A mí, me gusta pensar que soy un alma soñadora, y que en realidad soy afortunada ya que puedo ver mucho más allá de lo físico, puedo ver la esencia de las cosas. Creo que en el mundo, existen lugares mágicos que evocan en mí sentimientos maravillosos. Lugares que me invitan a pensar, a imaginar, a soñar…, que con el simple hecho de estar allí hacen que en mi mente se despierte la “chispa mágica” de la inspiración y empiece a soñar despierta. En ese momento todo a mí alrededor desaparece y empiezan a formarse en mi mente miles de frases, historias, reflexiones, sentimientos… que resultan verdaderamente maravillosos y casi imposibles de explicar. Uno de esos lugares mágicos son las estaciones de tren, en ellas pasado, presente y futuro, se mezclan con los amargos llantos de despedida y las dulces lágrimas de los reencuentros.   Las estaciones...

La casita del lago

Una pequeña casita en un hermoso valle, era todo lo que Ismael a sus 8 años conocía del mundo. El y  su madre eran los únicos habitantes de aquel bello y maldito lugar. Retenidos a la fuerza por un ser sin nombre, pasaban los largos días allí sin más compañía que el susurro de las hojas de los árboles y el chapoteo de la lluvia en el lago, un lago que a ojos de Ismael era grande y profundo, y con unas aguas tan cristalinas que podían contarse las piedras del fondo sin ninguna dificultad. Cada mañana, al alba, cuando el sol despuntaba, las sombras de los árboles se alargaban de una forma asombrosamente bella, y el cielo se teñía de unos hermosos tonos naranjas, a Ismael le gustaba salir a correr alrededor del lago y sentarse en la orilla con los pies chapoteando en el agua para ver, como el sol lograba saltar el gran muro que marcaba el fin del mundo, de su mundo. Él allí era feliz. No conocía la maldad, ni la tristeza, ni la avaricia, ni guerras, y por supuesto, ni siquiera había ...

Coleccionistas de papeles

Era vieja y estaba cansada. No tenía amigos en aquella ciudad frenetica y hostil, su día a día se  limitaba a sentarse a observar el mundo. Le gustaba ocultarse entre la penumbra del viejo callejón y ver el ir y venir de la ciudad, personas agobiadas y atareadas que siempre parecían tener prisa. Los observaba como cual robots corrían de un lugar a otro como si la mismísima muerte les pisara los talones. Una pequeña niña de grandes ojos y largas trenzas al salir de la escuela siempre se detenía unos instantes para verla y le ofrecía un tímido saludo con la mano, y a modo de respuesta, la anciana, le regalaba lo único que por suerte la pobreza no había logrado arrebatarle, una triste sonrisa. Le gustaba pasear por el centro de la ciudad y observar los viejos edificios señoriales que parecían más viejos incluso, que la propia ciudad, algunos estaban tan viejos y heridos parecía casi imposible que aún tuvieran fuerzas para sostenerse en pie, igual que ella una vieja y herida da...

Malas costumbres

Se sentía orgullosa de aquella casa. Su casa , no era gran cosa eso era cierto, pero era suya y eso le gustaba . Un  cigarro olvidado se iba consumiendo en el cenicero casi tan deprisa como su vida. Fijó la mirada en la mesa, le dolía ver intacta la cena que tanto le había costado cocinar, ya estaba fría. Era cierto que la lubina se le había quemado un poco y quizás tenia demasiada sal, pero para ella, haberlo conseguido, era todo un logro. Las velas que esa misma tarde le habían parecido el toque perfecto de romanticismo, ahora se le antojaban patéticas. Las luces de los coches de la calle entraban a través de las rendijas de las persianas y dibujaban motitas luz en las paredes que se movían a través de ellas como pequeñas bailarinas, y ella, las seguía con la mirada hasta que estas desaparecían de nuevo. En un rincón yacía vacía la botella de vino, no solía beber, de hecho hacía mucho tiempo que no se terminaba ella sola una botella de vino. Además ni siquiera le gustaba, pero...

Viejos y sabios mudos

Tras un largo tiempo bajo tierra por fin consiguió salir a la superficie y estirar sus cortos y débiles bracitos, de repente sintió la suave i cálida caricia de los rayos del sol sobre él. Su mundo se limitaba a unos pocos metros a su alrededor, pues se hallaba inmóvil y prisionero en el lugar en el que había nacido. El aire era puro y limpio y la calma y la tranquilidad que allí había solamente se veía interrumpida por la incansable melodía del agua de un arroyo cercano. Él, no era capaz de hablar para comunicarse, pero con la ayuda del viento cuando fuera mayor conseguiría emitir un suave y relajante susurro. Poco a poco con el paso del tiempo se iba volviendo más fuerte y más alto. Sus momentos  preferidos eran los fines de semana, pues era entonces cuando recibía la visita de familias que se juntaban a su alrededor para disfrutar del arroyo y de su sombra que cada vez era mayor, en esos momentos se sentía útil, se sentía querido, grande y feliz. En ocasiones parejas de enamo...